jueves, 8 de octubre de 2026

VERDAD, INDIFERENCIA Y RESPONSABILIDAD

Por: Álvaro Hernán Rincón Fresneda 

Introducción

Existen historias que, por la profundidad de su significado, logran cuestionar nuestra manera de comprender la vida. Una de ellas, es la llamada “anécdota del payaso”, vinculada al pensamiento del filósofo danés Søren Kierkegaard. Su mensaje trasciende la situación que describe y nos enfrenta a una cuestión fundamental: ¿qué sucede cuando una verdad importante llega a nosotros, pero no somos capaces de reconocerla?

El relato presenta una situación paradójica. En un teatro se produce un incendio y un payaso sale a alertar al público. Sin embargo, quienes lo escuchan interpretan sus palabras como parte de la representación. Su vestuario, su oficio y la imagen que proyecta pesan más que el contenido de su mensaje. El hombre intenta advertirles del peligro, pero sus esfuerzos provocan nuevas carcajadas. Mientras él busca prevenir una tragedia, los espectadores continúan disfrutando de lo que consideran un espectáculo.

La fuerza de esta narración reside en el contraste entre dos realidades: el peligro que efectivamente existe y la percepción equivocada de quienes deberían reaccionar ante él. El incendio no es una ficción, pero el público lo interpreta como tal. La amenaza avanza mientras quienes podrían protegerse permanecen instalados en su aparente tranquilidad.

La anécdota, relacionada con la obra O lo uno o lo otro, permite explorar diferentes dimensiones de la existencia humana: nuestra dificultad para aceptar aquello que contradice nuestras expectativas, la tendencia a refugiarnos en la distracción y la responsabilidad que adquirimos cuando una realidad nos exige tomar posición (Kierkegaard, 1987).

Aunque el relato suele circular en diferentes versiones, incluida aquella en la que un payaso busca ayuda para advertir a una población sobre el incendio de un circo, su núcleo reflexivo permanece: una advertencia puede resultar inútil cuando quienes la reciben han perdido la capacidad de distinguir entre lo que simplemente entretiene y aquello que verdaderamente compromete su existencia.

La verdad detrás de quien habla: el peligro de juzgar antes de escuchar

Uno de los elementos más reveladores de la historia es que el payaso no es ignorado porque esté inventando una situación inexistente. Por el contrario, su mensaje responde a una amenaza real. El obstáculo se encuentra en la manera como los espectadores interpretan sus palabras. Ellos ya tienen una idea establecida acerca de quién es el payaso y cuál es su función. Por eso, cuando intenta comunicar algo diferente de lo que esperan, no consiguen reconocer la seriedad de sus intenciones. Su imagen termina imponiéndose sobre el significado de sus palabras.

Esta situación permite comprender una dificultad frecuente en las relaciones humanas: muchas veces escuchamos desde nuestros prejuicios y no desde una disposición auténtica a comprender. En lugar de examinar lo que alguien nos comunica, evaluamos anticipadamente su mensaje a partir de quién es, cómo se expresa o qué lugar ocupa dentro de nuestras relaciones. Así, una observación pertinente puede ser desestimada porque proviene de alguien a quien consideramos inexperto; una preocupación legítima puede interpretarse como exageración; una crítica constructiva puede recibirse como una ofensa personal. En estas circunstancias, el problema no necesariamente está en la ausencia de razones, sino en la resistencia de quien escucha a considerar que podría haber algo verdadero en aquello que se le plantea.

Esto no significa que debamos aceptar indiscriminadamente todas las afirmaciones que recibimos. La capacidad crítica resulta indispensable para distinguir entre una advertencia fundada y una opinión equivocada. Sin embargo, el discernimiento exige que examinemos los argumentos antes de descartarlos por la identidad o la apariencia de quien los presenta.

La anécdota nos invita, entonces, a revisar nuestras propias actitudes. ¿Cuántas veces hemos cerrado la posibilidad de comprender a otra persona porque creíamos saber de antemano lo que tenía para decirnos? ¿Cuántas veces hemos confundido nuestra percepción del interlocutor con una evaluación objetiva de sus argumentos?

Escuchar verdaderamente supone aceptar que la realidad puede manifestarse de maneras inesperadas y que, en ocasiones, necesitamos revisar nuestras convicciones para comprenderla mejor.

La distracción como refugio frente a la verdad que incómoda

El comportamiento de los espectadores revela algo todavía más preocupante: no solo interpretan equivocadamente el mensaje, sino que encuentran motivos para divertirse con él. La advertencia deja de ser una oportunidad para reaccionar y se convierte en una fuente de entretenimiento.

¿Por qué ocurre esto? Una posible respuesta es que reconocer la gravedad de la situación les exigiría abandonar la comodidad en la que se encuentran. Mientras consideren que todo forma parte de una representación, pueden seguir disfrutando sin modificar su comportamiento. Aceptar que el incendio es real, en cambio, significaría interrumpir la función, levantarse y buscar una salida.

La risa, en este contexto, puede comprenderse como una manera de mantener distancia frente a una realidad que reclama atención. No se trata de afirmar que toda expresión de humor sea una forma de evasión. El humor puede ayudarnos a reconocer nuestras limitaciones y afrontar experiencias difíciles. El problema aparece cuando se utiliza para trivializar aquello que necesita ser atendido.

Desde una perspectiva existencial, esta conducta puede relacionarse con la tendencia humana a evitar las preguntas que nos obligan a revisar nuestra manera de vivir. En O lo uno o lo otro, Kierkegaard desarrolla una reflexión sobre las formas de existencia y las tensiones que surgen cuando la vida se organiza alrededor de la búsqueda de satisfacción inmediata, la dispersión y las posibilidades que nunca llegan a convertirse en compromisos reales (Kierkegaard, 1987).

La historia del payaso permite trasladar esta reflexión a nuestro tiempo. Vivimos rodeados de contenidos que reclaman constantemente nuestra atención. Las dificultades sociales, las tragedias personales y las noticias preocupantes pueden convertirse en asuntos pasajeros que observamos, comentamos y olvidamos rápidamente.

En ocasiones, sabemos que alguien cercano atraviesa una situación dolorosa, pero preferimos no involucrarnos. Reconocemos que una relación necesita atención, aunque posponemos indefinidamente la conversación necesaria. Identificamos problemas en nuestro entorno, pero los convertimos en motivo de comentarios antes que en razones para actuar.

El problema, por tanto, no consiste simplemente en estar distraídos, sino en acostumbrarnos a vivir de tal manera que incluso las realidades importantes pierdan su capacidad de interpelarnos. La anécdota nos recuerda que la atención es también una responsabilidad. No basta con estar expuestos a la información; necesitamos desarrollar la disposición para comprenderla, valorar sus consecuencias y responder de manera coherente.

La angustia ante la necesidad de transformar la propia vida

El incendio constituye una amenaza, pero también representa una ruptura con la normalidad. Mientras los espectadores creen que todo continúa bajo control, pueden permanecer cómodamente en sus lugares. Cuando reconocen la posibilidad de una tragedia, aparece la necesidad de tomar decisiones.

Algo semejante sucede en nuestra experiencia cotidiana. A veces intuimos que una situación no marcha bien, pero preferimos mantenernos dentro de lo conocido. Reconocer que necesitamos cambiar puede significar aceptar errores, modificar hábitos, establecer límites, pedir perdón o asumir responsabilidades que hemos evitado durante mucho tiempo.

En este sentido, el pensamiento de Kierkegaard ofrece elementos para comprender la relación entre la angustia, la libertad y la responsabilidad. En El concepto de la angustia, el filósofo examina la experiencia de encontrarse ante posibilidades que requieren una respuesta personal. La angustia no se reduce al miedo frente a una amenaza exterior; también se relaciona con la conciencia de que nuestras elecciones importan y de que somos responsables de la manera como asumimos nuestra existencia (Kierkegaard, 1980).

Aplicada a la anécdota, esta perspectiva permite advertir que la indiferencia puede protegernos temporalmente de la incomodidad que produce una decisión, pero no necesariamente nos libera de sus consecuencias. Podemos aplazar una conversación difícil, minimizar las señales de deterioro de una relación o convencernos de que un problema institucional se resolverá por sí solo. Sin embargo, evitar una decisión no significa que la situación permanezca inmóvil. Mientras nosotros postergamos nuestra respuesta, las circunstancias continúan desarrollándose.

Por eso, la angustia puede convertirse en una oportunidad para reconocer la necesidad de actuar. Nos permite descubrir que existe una distancia entre la realidad que vivimos y aquella que consideramos deseable, entre nuestras convicciones y nuestras prácticas, entre lo que sabemos que debemos hacer y aquello que efectivamente hacemos. No se trata de vivir en una preocupación constante ni de interpretar cada dificultad como una catástrofe. Se trata de desarrollar la capacidad de reconocer cuándo una situación exige una respuesta y de aceptar que algunas transformaciones no pueden producirse sin abandonar ciertas comodidades.

La pregunta que emerge de esta reflexión es profundamente personal: ¿Qué aspectos de nuestra vida seguimos postergando porque aceptar su importancia nos obligaría a cambiar?

El payaso: símbolo de la voz que no es reconocida

La figura del payaso encierra una paradoja: posee información decisiva sobre lo que está sucediendo, pero su identidad pública dificulta que los demás reconozcan la seriedad de su mensaje. Su situación pone de manifiesto que la comunicación humana no depende únicamente de las palabras pronunciadas. También intervienen las expectativas de quienes escuchan, las experiencias anteriores, los prejuicios y las relaciones de confianza que se han construido entre las personas.

El payaso se enfrenta a un público que ya ha decidido cómo interpretar su presencia. En consecuencia, cuanto más insiste en advertir sobre el incendio, más fácilmente sus palabras quedan incorporadas al espectáculo que los espectadores creen estar presenciando.

Esta imagen permite reflexionar sobre quienes, en distintos contextos, intentan llamar la atención sobre una situación que consideran preocupante. En las familias, alguien puede advertir que una relación se está deteriorando y encontrar como respuesta el silencio o la minimización. En una institución educativa, una persona puede señalar una dificultad que requiere atención y ser considerada conflictiva. En la vida social, quienes denuncian injusticias pueden encontrar resistencia porque sus planteamientos cuestionan prácticas que otros prefieren conservar.

No obstante, la historia también nos invita a reconocer que la falta de escucha no siempre puede atribuirse exclusivamente a quienes reciben el mensaje. Comunicar una preocupación requiere claridad, prudencia, argumentos y comprensión del contexto. En ocasiones, una advertencia puede perder eficacia porque se expresa de manera confusa o porque no considera las condiciones necesarias para que sea comprendida. La responsabilidad de quien comunica consiste en procurar que su mensaje sea inteligible y esté debidamente fundamentado. La responsabilidad de quien escucha consiste en examinarlo con apertura y sentido crítico.

De este modo, la parábola no debería conducirnos a dividir el mundo entre quienes poseen la verdad y quienes se niegan a reconocerla. Su enseñanza es más exigente: todos podemos encontrarnos en cualquiera de las dos posiciones. En ocasiones necesitaremos insistir en una advertencia importante; en otras, tendremos que aceptar que alguien nos está mostrando algo que todavía no hemos querido ver.

La verdadera madurez consiste en mantener abierta esa posibilidad de aprendizaje.

Una interpretación teológica: escuchar el mensaje y permitir que transforme la existencia

La historia también admite una lectura desde la teología cristiana. Esta interpretación constituye una aplicación reflexiva del relato y no debe confundirse con una afirmación de que Kierkegaard haya presentado al payaso como una figura explícita de Cristo o como una alegoría directa del Evangelio.

Desde esta perspectiva, el incendio puede representar las realidades humanas que amenazan la dignidad, la esperanza y la convivencia, mientras que la advertencia puede evocar la necesidad de escuchar una palabra que reclama conversión y transformación.

La dificultad no reside solamente en que el mensaje sea escuchado, sino en que llegue a modificar la manera de vivir. Una persona puede conocer las enseñanzas cristianas, participar en celebraciones religiosas y familiarizarse con el lenguaje de la fe sin permitir que estas experiencias cuestionen sus decisiones cotidianas.

Es posible hablar de misericordia y permanecer indiferente ante el sufrimiento ajeno; defender la reconciliación y negarse a reconocer las propias faltas; proclamar la dignidad humana y tratar a los demás desde el desprecio o la indiferencia. En tales circunstancias, el mensaje religioso corre el riesgo de convertirse en una representación conocida, pero incapaz de transformar la existencia.

En Introducción al cristianismo, Ratzinger (2005) reflexiona sobre el significado de la fe cristiana y sobre la dificultad de comprenderla cuando se encuentra con categorías culturales que no necesariamente coinciden con su propuesta. Su obra permite recordar que la fe no se reduce a la repetición de fórmulas, sino que compromete la comprensión de la realidad y la orientación de la vida.

Desde esta perspectiva, la anécdota invita a preguntarnos si la familiaridad con el lenguaje religioso puede llevarnos a perder de vista su capacidad de interpelación. Cuando las palabras se repiten sin reflexión y los símbolos se reciben sin compromiso, existe el riesgo de que aquello que debería conducir a una transformación termine siendo una costumbre más.

Sin embargo, esta reflexión debe dirigirse también hacia quienes anuncian el mensaje cristiano. No toda falta de acogida puede atribuirse a la indiferencia de los oyentes. En ocasiones, la incoherencia entre lo que se proclama y lo que se practica debilita la credibilidad del mensaje. Una palabra que anuncia amor y justicia necesita encontrar correspondencia en actitudes concretas de respeto, solidaridad, servicio y reconciliación.

Por ello, la pregunta teológica que surge de la parábola no es únicamente si estamos escuchando el mensaje, sino si permitimos que transforme nuestra manera de relacionarnos con Dios, con los demás y con nosotros mismos.

Reconocer las señales antes de que sea tarde

Uno de los aspectos más contundentes de la historia es que el incendio continúa avanzando a pesar de la reacción del público. La percepción equivocada de los espectadores no modifica la realidad de la amenaza.

Esta circunstancia nos enfrenta a una verdad elemental: ignorar un problema no significa resolverlo.

En las relaciones humanas, por ejemplo, las palabras que no pronunciamos, las disculpas que aplazamos y los conflictos que preferimos ocultar pueden contribuir a profundizar las distancias. En los entornos educativos, normalizar ciertas conductas perjudiciales puede impedir que se atiendan oportunamente. En las instituciones, evitar conversaciones difíciles puede prolongar situaciones que requieren decisiones responsables.

La indiferencia no siempre se manifiesta como una negativa explícita a intervenir. También puede expresarse mediante la postergación permanente, la minimización de las dificultades o la convicción de que alguien más tendrá que ocuparse del asunto. Sin embargo, esta enseñanza necesita una precisión importante. No toda advertencia es verdadera ni toda situación exige una reacción inmediata. La responsabilidad implica examinar las evidencias, distinguir entre riesgos reales y percepciones exageradas, y determinar qué acciones resultan proporcionadas.

La prudencia no consiste en ignorar el peligro, pero tampoco en dejarse dominar por el miedo. Consiste en comprender las circunstancias y actuar con el cuidado que estas requieren. En este punto, la historia adquiere una dimensión ética: la responsabilidad humana no se limita a reconocer que algo está ocurriendo, sino que incluye preguntarse qué podemos hacer frente a ello. La advertencia constituye apenas el comienzo de un proceso que necesita comprensión, deliberación y acción.

Esto resulta especialmente importante para quienes tienen responsabilidades familiares, educativas, sociales o espirituales. No basta con identificar una dificultad; es necesario contribuir a crear condiciones que permitan afrontarla. Del mismo modo, no basta con escuchar una preocupación; es preciso valorar qué cambios o decisiones pueden ser necesarias.

La historia del payaso nos recuerda que existen momentos en los que continuar como si nada sucediera deja de ser una opción responsable.

¿Somos quienes advierten o quienes no quieren escuchar? El espejo de la historia

Hasta este momento, podríamos sentirnos identificados con el payaso. Quizá hemos experimentado la frustración de intentar comunicar algo importante y comprobar que los demás no le conceden la atención que merece. Tal vez hemos visto cómo una preocupación legítima se convierte en motivo de burla o cómo una advertencia se interpreta como una exageración.

Sin embargo, la mayor riqueza de la historia aparece cuando dejamos de observarla exclusivamente desde esa perspectiva.

También necesitamos preguntarnos si alguna vez hemos ocupado el lugar de los espectadores.

¿Hemos desestimado la preocupación de alguien porque nos parecía demasiado sensible? ¿Hemos respondido con ironía ante una crítica que merecía ser examinada? ¿Hemos preferido distraernos antes que afrontar una conversación necesaria? ¿Hemos confundido la tranquilidad aparente con la ausencia de problemas?

Estas preguntas convierten la anécdota en una oportunidad de examen personal. Ya no se trata únicamente de reconocer la dificultad que otros tienen para escucharnos, sino de identificar nuestras propias resistencias frente a la verdad.

En el pensamiento de Kierkegaard, la existencia humana no puede comprenderse plenamente desde la observación distante o desde la aceptación pasiva de lo que hace la mayoría. La vida exige apropiación personal, decisiones y responsabilidad. No basta con conocer una posibilidad o reconocer intelectualmente un problema: es necesario determinar qué lugar ocupa en nuestra propia existencia (Kierkegaard, 1987).

Esta perspectiva nos invita a abandonar la comodidad de juzgar siempre a los demás. El cambio comienza cuando reconocemos que nuestras interpretaciones pueden ser equivocadas, que nuestras decisiones tienen consecuencias y que escuchar verdaderamente puede exigirnos revisar convicciones profundamente arraigadas.

La parábola nos propone, así, una doble disposición: aprender a hablar con responsabilidad cuando consideramos necesario advertir sobre algo y aprender a escuchar con humildad cuando alguien nos confronta con una realidad que preferiríamos no reconocer.

Ambas actitudes son indispensables para construir relaciones más honestas, comunidades más conscientes e instituciones capaces de afrontar sus dificultades.

A modo de conclusión

La anécdota del payaso nos deja ante una situación profundamente paradójica: una realidad urgente puede estar delante de nosotros sin que consigamos reconocer su gravedad. La distracción, los prejuicios y la comodidad pueden llevarnos a interpretar como entretenimiento aquello que demanda una respuesta responsable.

La vigencia de esta historia radica en que describe una posibilidad permanente de la existencia humana. Podemos acostumbrarnos tanto a determinadas palabras, advertencias y problemas que terminamos perdiendo la capacidad de reconocer su importancia. Podemos escuchar sin comprender, conocer sin comprometernos y observar sin asumir ninguna responsabilidad.

La reflexión filosófica de Kierkegaard nos invita a recuperar la seriedad de la existencia, a reconocer el valor de las decisiones personales y a evitar que la opinión colectiva sustituya nuestro propio discernimiento. La lectura teológica, por su parte, permite preguntarnos si las verdades que afirmamos conocer se traducen efectivamente en una manera de vivir coherente con ellas.

Pero quizá la enseñanza más importante del relato consista en comprender que la advertencia no siempre llegará de la manera que esperamos. Puede provenir de alguien a quien hemos subestimado, de una crítica que nos incomoda, de una experiencia dolorosa o de una situación que pone en evidencia aquello que preferiríamos mantener oculto.

Por eso, necesitamos cultivar una disposición permanente a escuchar, examinar y actuar. No para aceptar cualquier afirmación sin cuestionarla, sino para impedir que nuestros prejuicios o nuestra comodidad nos priven de reconocer aquello que merece atención.

Al final, la pregunta más profunda que nos deja la historia no es si alguna vez hemos intentado advertir a otros sin ser escuchados. Es si poseemos la humildad necesaria para reconocer cuándo hemos sido nosotros quienes no quisimos escuchar.

Porque, en ocasiones, el mayor obstáculo para comprender la realidad no es la ausencia de señales, sino nuestra resistencia a reconocer lo que esas señales nos están mostrando. Y quizá el primer paso para evitar que el incendio avance sea atrevernos a interrumpir el espectáculo, mirar con atención lo que sucede y asumir la responsabilidad de actuar.

Referencias

Kierkegaard, S. (1980). The concept of anxiety: A simple psychologically orienting deliberation on the dogmatic issue of hereditary sin (R. Thomte, Ed. y Trad.; A. B. Anderson, Colab.). Princeton University Press. (Trabajo original publicado en 1844).

Kierkegaard, S. (1987). Either/or: Part II (H. V. Hong & E. H. Hong, Eds. y Trads.). Princeton University Press. (Trabajo original publicado en 1843).

Ratzinger, J. (2005). Introducción al cristianismo: Lecciones sobre el credo apostólico. Sígueme. (Trabajo original publicado en 1968).

EL DINAMISMO DEL LOGOS Y LA CONTINGENCIA HISTÓRICA: BREVE ITINERARIO ANALÍTICO SOBRE INTRODUCCIÓN AL CRISTIANISMO DE JOSEPH RATZINGER

Por: Álvaro Hernán Rincón Fresneda

CONTEXTO SOCIO-EPISTEMOLÓGICO

A mediados de 1967, en un contexto convulso marcado por las transformaciones culturales previas al Mayo del 68 y la renovación eclesial impulsada por el Concilio Vaticano II, Joseph Ratzinger dictó un ciclo de lecturas públicas en la Universidad de Tubinga. Estas lecciones, dirigidas a un auditorio multidisciplinario compuesto por docentes y alumnos de las más diversas áreas del saber, fueron concebidas para tender puentes entre la teología y la secularidad universitaria. El fruto de aquellas jornadas dio lugar al célebre libro titulado Introducción al cristianismo (1968/2020), cuyo propósito matriz no radicaba en elaborar una dogmática apologética tradicional ni una mera exposición del catecismo, sino en analizar rigurosamente cómo el ser humano inmerso en la era científica y tecnológica puede pronunciar con honestidad intelectual y densidad existencial la palabra «Creo».

Para retratar el distanciamiento comunicativo entre la predicación de la Iglesia y la mentalidad contemporánea, Ratzinger rescata la parábola del payaso y el incendio de Søren Kierkegaard, popularizada por el sociólogo Harvey Cox en La ciudad secular (1968). En dicha ilustración, un actor vestido de payaso acude al pueblo vecino para alertar sobre el fuego que amenaza con consumir el circo y la aldea entera. No obstante, los habitantes consideran que sus gritos desesperados forman parte del espectáculo y celebran con risas y aplausos la escenificación.

Ratzinger (1968/2020) utiliza esta analogía no para lamentar un supuesto fracaso estético o de lenguaje formal, sino para diagnosticar un obstáculo epistemológico estructural: en la sociedad dominada por el paradigma técnico-positivista, el discurso sobre Dios es catalogado de antemano como una pieza folclórica o una construcción mítica carente de valor cognoscitivo (Alzola, 2022; Cox, 1968). La teología se enfrenta así al desafío de demostrar que la fe no es un refugio irracional ante la complejidad del mundo, sino una interpretación profunda y coherente de la realidad humana y cósmica.

LA FENOMENOLOGÍA DE LA DUDA (RECONFIGURACIÓN DEL ACTUS FIDEI)

Uno de los aportes más ecuánimes e innovadores de la llamada obra ratzingeriana es la ruptura con la dicotomía tajante entre el creyente autosuficiente y el ateo inamovible. En lugar de erigir muros infranqueables, Ratzinger ubica la experiencia de la incertidumbre como el sustrato existencial común en el que se encuentran ambos sujetos. Ningún creyente está exento de la tentación del abismo, de la sospecha de la nada o del opresivo sentimiento del silencio de Dios; del mismo modo, ningún no creyente puede liberarse por completo de la inquietante duda sobre si el cristianismo pudiera ser, verdaderamente, la clave del sentido existencial (Alzola, 2022; Ratzinger, 1968/2020).

Esta dialéctica permanente cumple una función pedagógica y purificadora: libra al creyente del peligro del dogmatismo rígido y de la autosuficiencia espiritual, al tiempo que previene al incrédulo contra la cerrazón inmanentista. La duda se convierte de este modo en el espacio de convergencia donde la fe y la razón pueden entablar un diálogo franco, humilde y sin trampas ideológicas (Alzola, 2022).

A partir de esta premisa, Ratzinger reexamina el significado esencial del credo. Creer no se reduce a asumir pasivamente una serie de proposiciones teóricas ni a suscribir un código moral predeterminado. Recurriendo a la raíz semítica 'mn (Amén, Emunáh), el autor sostiene que el acto de fe equivale a «hacer pie», asentarse y afianzar la propia existencia en un fundamento firme que el hombre no ha manufacturado ni puede controlar (Blanco, 2013; Ratzinger, 1968/2020).

Esta comprensión entraña una crítica directa a las epistemologías reductionistas de la modernidad:

·     El horizonte del verum quia factum: El principio cartesiano y kantiano que afirma que el ser humano solo conoce verdaderamente aquello que él mismo ha producido o verificado experimentalmente.

·       El horizonte del verum quia faciendum: La derivación pragmática y marxista que subordina la verdad a la transformación técnica o política de la naturaleza y de la sociedad.

Frente a estas dos posturas, Ratzinger postula que la fe representa la primacía de lo recibido sobre lo fabricado, del sentido sobre la pura eficacia y del Amor creador sobre la ciega necesidad de las leyes físicas (Blanco, 2013; Ratzinger, 1968/2020).

EL MISTERIO DE DIOS: EL LOGOS CREADOR Y LA METAFÍSICA DE LA RELACIÓN

En el desarrollo de la teología teocéntrica, Ratzinger efectúa una minuciosa reconstrucción del encuentro entre el mensaje bíblico y la filosofía clásica griega. En contraste con otras religiones que buscaron legitimarse adaptando los mitos del panteón pagano o las divinidades políticas del Estado, la Iglesia naciente tomó una decisión revolucionaria: identificar al Dios revelado a Abraham, Isaac y Jacob con el Logos de los filósofos, es decir, con el Principio supremo, la Razón ordenadora y la Verdad última del universo (Alzola, 2022; Izquierdo, 2008).

Sin embargo, esta síntesis no fue una helenización pasiva ni una subordinación del dato revelado a la metafísica pagana. El cristianismo transformó radicalmente el concepto de Logos: la Razón primordial que gobierna el cosmos no es un principio abstracto, impersonal o distante, sino un Logos que es al mismo tiempo Agapé. La Razón creadora es un Amor compasivo que se inclina hacia la pequeñez de la criatura (Alzola, 2022; Izquierdo, 2008).

Esta intuición alcanza su formulación más sublime en el dogma trinitario. Ratzinger combate la concepción de un monoteísmo rígido que concibe a Dios como una mónada solitaria, autárquica y cerrada en sí misma. El Dios cristiano es Unidad en la Trinidad: un misterio de comunión donde el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo existen en una constante y perfecta donación recíproca (Blanco, 2013; Ratzinger, 1968/2020). De este modo, la teología ratzingeriana demuestra que en la cúspide de la realidad no reina la soledad absoluta, sino la relación y la alteridad; por consiguiente, la capacidad de amar, de comunicarse y de relacionarse constituye la estructura ontológica fundamental del ser y de la creación humana (Alzola, 2022).

CRISTOLOGÍA Y CONCRECIÓN HISTÓRICA: UNIDAD PERSONA - MISIÓN

En el bloque dedicado a la persona de Jesucristo, Ratzinger aborda críticamente el dilema exegético planteado por la teología liberal y la exégesis de la sospecha durante los siglos XIX y XX, las cuales pretendieron excavar un abismo entre el Jesús histórico de Nazaret y el Cristo del dogma proclamado por la comunidad primitiva (Blanco, 2013; Izquierdo, 2008).

Ratzinger (1968/2020) demuestra la insostenibilidad metodológica y teológica de esta ruptura. A diferencia de los grandes fundadores de religiones, filósofos o profetas de la antigüedad, cuya obra o doctrina puede separarse de su periplo biográfico, en Jesús de Nazaret se verifica una coincidencia absoluta entre persona y función salvífica (Alzola, 2022; Blanco, 2013). Jesús no se limita a transmitir una verdad ajena a él; su propia existencia, sus gestos y su destino son la Revelación en persona.

Asimismo, Ratzinger desentraña la paradoja del mesianismo cristiano:

·   El poder en la debilidad: La soberanía de Cristo no se ejerce mediante las estructuras del dominio político o la fuerza militar, sino a través del servicio y de la donación de la propia vida.

·     El escándalo de la Cruz: En el acontecimiento del Calvario, el despojamiento (kénosis) de Jesús revela que el verdadero poder de la Razón Creadora coincide plenamente con la fuerza del amor crucificado (Alzola, 2022; Izquierdo, 2008).

El cristianismo rehúye así de los gnosticismos que buscan un Dios desencarnado. La fe cristiana exige el asentimiento a la concreción y a la pequeñez de la historia de la salvación, sintetizada en el Símbolo Apostólico con la afirmación histórica: «Padeció bajo el poder de Poncio Pilato» (Blanco, 2013; Izquierdo, 2008).

PNEUMATOLOGÍA, LA COMUNIDAD DE LOS PECADORES Y LA ESCATOLOGÍA DE LA MEMORIA DIVINA

En la tercera parte del itinerario de la fe, el análisis ratzingeriano se despliega sobre los artículos relativos al Espíritu Santo, la Iglesia y la consumación final del ser humano (Alzola, 2022; Izquierdo, 2008):

Ratzinger enfrenta abiertamente la tentación del idealismo eclesiológico, que pretende soñar con una Iglesia de "puros" o impecables. La Iglesia no es una mera corporación ética ni un club de virtuosos; es el ámbito sacramental donde el Espíritu Santo opera a través de vasijas de barro (Alzola, 2022; Izquierdo, 2008). La "santidad" de la Iglesia no estriba en la perfección moral de sus miembros o de su jerarquía, sino en la fidelidad inquebrantable de Dios, quien renueva su gracia y su perdón a pesar de la constante miseria humana (Alzola, 2022; Ratzinger, 1968/2020). La Iglesia es el lugar donde la gracia se manifiesta como misericordia inmerecida.

En el ámbito de las novísimos, Ratzinger somete a crítica la concepción platonizante que reduce la esperanza cristiana a la simple inmortalidad natural de un alma espiritual separada del cuerpo. Recuperando la categoría bíblica de la «resurrección de la carne», Ratzinger argumenta que el ser humano es una unidad indivisible (psicosomática). La pervivencia más allá de la muerte no descansa en una propiedad metafísica o física inherente al alma, sino en el amor incondicional del Creador (Alzola, 2022; Izquierdo, 2008). El hombre no perece porque ha sido pensado, llamado por su nombre y amado eternamente por Dios; la vida eterna es la acogida definitiva del ser humano en la memoria inmortal del Logos (Alzola, 2022).

ALGUNAS CONSIDERACIONES

El examen detenido de Introducción al cristianismo demuestra la vigencia de una apología de la fe articulada con la más alta exigencia académica y filosófica (Alzola, 2022; Ratzinger, 1968/2020). Joseph Ratzinger logra desarticular los reduccionismos del cientificismo y del secularismo ideológico sin caer en el dogmatismo ni en el repliegue fundamentalista (Alzola, 2022; Izquierdo, 2008).

Su pensamiento muestra con ecuanimidad que creer en Dios no significa abdicar de la razón ni sofocar el espíritu crítico, sino abrir la inteligencia humana al horizonte más amplio y luminoso del Logos creador (Alzola, 2022; Izquierdo, 2008). Frente al desencanto postmoderno, el nihilismo ético y la pérdida de sentido, la lección de Tubinga mantiene intacta su validez: recuerda que el cristianismo no es una pesada carga de normas ni una teoría abstracta, sino el encuentro transformador con la Persona de Jesucristo y el descubrimiento del amor de Dios como el auténtico fundamento de la realidad.

REFERENCIAS

Alzola, N. (2022). La teología de Joseph Ratzinger: Logos, fe y cultura. Ediciones Cristiandad.

Blanco, P. (2013). Joseph Ratzinger: Razón y fe en el diálogo contemporáneo. Rialp.

Cox, H. (1968). La ciudad secular: La secularización y la urbanización en perspectiva teológica. Península.

Izquierdo, C. (2008). Teología e Iglesia en el pensamiento de Joseph Ratzinger. EUNSA.

Ratzinger, J. (1968/2020). Introducción al cristianismo: Lecciones sobre el Símbolo de los Apóstoles. Ediciones Sígueme.

 

miércoles, 5 de marzo de 2014

TANATOLOGÍA

Tanatología: Psicología de la Muerte


Por Leo Matos

La muerte es un aspecto de la vida de una significación profunda y en todas las épocas su existencia ha desconcertado tanto al hombre de Oriente como al de Occidente. Es posible aproximarse a ella desde diferentes ángulos. Aquí trataremos especialmente los problemas psicológicos que surgen en nuestra vida, provocados por el concepto de la muerte, las actitudes hacia ella y el hecho de morir.

La muerte en tanto que tabú
En Occidente, el fenómeno de la muerte es un tabú para la mayor parte de la gente. Hasta hace poco, los conceptos psicoanalíticos de las actitudes hacia la muerte y del temor de morir que de allí se derivan eran dominantes. Los sentimientos a propósito de la muerte eran esencialmente manifestaciones de una realidad. anterior, o sea, la angustia de la separación de la madre o los conflictos relacionados con el complejo de castración. Tales desplazamientos clínicos podían producirse y los temores sobre la muerte eran fenómenos secundarios.

Sin embargo, nuevos estudios sugieren de manera creciente que lo contrario podría ser más exacto. Stanilav Grof dice que el concepto actual de la muerte y la reacción de los moribundos, caracterizada por una represión y una negación masivas, parece ser un producto anexo de una industrialización que crece rápidamente con un acento excesivo sobre el pragmatismo, una filosofía materialista y una orientación general hacía el éxito y el triunfo. El continúa: «Una confrontación íntima con la muerte, agregada a una angustia que se desencadena, profundamente arraigada biológicamente, unida al instinto de supervivencia, parece representar un llamado penoso a las últimas limitaciones de los esfuerzos del hombre por controlar
y dominar la naturaleza».

Problemas sicológicos

El hombre no puede escapar a la confrontación con la muerte. En su aproximación a este desenlace encuentra que no tiene más que dos posibilidades: o bien hay una vida después de la muerte, o no la hay. En cualquiera de estas dos formas, el hombre occidental concibe ordinariamente su propia muerte como una extinción repentina, como algo que llega a su cuerpo sin beneficio alguno. Esta actitud le hace llegar hasta las últimas posibilidades de prolongación de su vida física, lo que funciona como una especie de control psicológico colectivo, haciéndole fijar su atención sobre los aspectos cuantitativos de la vida humana, ignorando a menudo los valores cualitativos.

Pueden crearse otros problemas por la actitud de los adultos hacia la muerte. Para mantener a los niños a resguardo de la existencia de la muerte, los padres pueden mantenerlos separados de las realidades del fin de la vida humana. Se ha demostrado que esto es una actitud ineficaz y nociva. En verdad, esta manera de actuar entorpece el desarrollo emocional del niño y manifiesta más las angustias de los adultos en relación a la muerte, que la capacidad de los niños de hacer frente a esta realidad.

El humor depresivo, el temor de la pérdida, el insomnio, los síntomas esquizoides y diversas perturbaciones psicosomáticas revelan su parentesco con la inquietudes en relación a la muerte. Incluso, varios investigadores han llegado a la conclusión que el temor a la muerte es el factor traumático más típico para desencadenar una demencia senil.

Conocimiento y muerte 
Entre otros: Feifel, Eissler, Johnson, Spielberger, Kübler-Ross han demostrado que el pensamiento de la muerte es una fuente de angustia para el hombre. La ansiedad es un estado caracterizado por sentimientos subjetivos conscientemente percibidos de aprensión y de tensión asociados a una activación del sistema nervioso autónomo. El estado de ansiedad causa cambios cognitivos y de percepción. El resultado primario del temor de la muerte, trayendo como consecuencia el desarrollo de estados de ansiedad, es una distorsión fundamental de la manera en que somos conscientes del mundo. Este temor nos impide concebir la muerte como un fenómeno natural, como el destino de todos los seres sensibles y como un desenlace fundamental en la naturaleza en su proceso constante de transformación de todas las cosas.

Por otra parte, el instinto de conservación, una de las causas primeras de este temor, puede tener su origen en el anhelo inconsciente del hombre de ser eterno. Para enfrentar, en un estado ordinario de consciencia, a este modo de ser «eterno», el hombre niega la muerte, dándole una connotación de tabú. Probablemente, este deseo inconsciente de ser eterno es una de las razones más poderosas por la que el hombre se interroga sobre la naturaleza de la muerte y del más allá. El desea aprender sobre los misterios de la muerte. Sin embargo, su capacidad real de aclarar esta interrogante al interior de su modo de conocimiento del universo le parece que está más allá de su poder. El se siente vencido ante tal dilema y puede llegar a experimentar miedo, reprimiendo su búsqueda. En este contexto, don Juan (Castañeda) dice: «El temor es un enemigo terrible, tramposo y difícil de dominar. Él permanece oculto en cada recodo del camino, merodeando, esperando. Y si el hombre, aterrorizado por su presencia, huye, su enemigo habrá puesto un término a su búsqueda.»

Una razón probable del temor de la muerte
En un estado ordinario de consciencia, nosotros asimilamos e interpretamos las percepciones de los sentidos en unidades de significación. Contemplamos el mundo alrededor de nosotros y nuestros ojos seleccionan ciertas informaciones que serán más tarde «archivadas» como una representación parcial de la realidad física. Nuestros sentidos no son capaces de asir la totalidad de la forma en la que se manifiesta la existencia - cambiante e intercambiable - del universo exterior e interior. Vemos el mundo como compuesto de cosas diferentes, separadas las unas de las otras por el espacio, y en consecuencia somos conscientes de una imagen del universo en tanto que entidades más o menos estáticas. Si contemplo, por ejemplo, el sólido y bello edificio del Parlamento, tendría la experiencia de esta construcción como de algo casi eterno. No pensaría por un instante la posibilidad de que los agregados que componen ese determinado edificio no estaban allí hace 500 años, y tampoco pienso en que esos agregados de moléculas y de átomos estén en movimiento y en cambio perpetuos. No puedo ver cómo ese edificio envejece, sin embargo, a cada segundo esta construcción aparentemente tan sólida está en constante deterioro y - aun siendo bien conservada y restaurada - a la larga esos agregados, dispersos por el viento del tiempo, dejarán de estar allí. Este resultado psicológico de la dimensión cognitiva nos vuelve apenas conscientes de los cambios que ocurren del nacimiento a la vejez en el camino hacia la muerte que se producen en nuestros cuerpos en este momento mismo. Este modo humano específico de aprehensión de la realidad es probablemente la causa principal de la conceptualización del universo de una manera dualista que hace una separación neta entre el Yo y Tú, el cuerpo y el espíritu, la vida y la muerte.

Consecuencias del dualismo

Las consecuencias existenciales de esta consciencia dualista se reflejan sobre nuestro entorno representando un amplio espectro social. Esta manera determinada de ser conscientes puede hacer que el individuo se sienta como un ego aislado, flotando en un océano más o menos peligroso, donde él debe obtener para sí mismo medios específicos de sobrevivir en esa sociedad específica. Su meta - que es fundamentalmente la meta consciente o inconsciente de todo ser humano - será la de lograr un sentimiento de bienestar físico, psicológico y social. A fin de alcanzar sus metas a corto o a largo plazo, él negociará con su entorno social. Está claro que se comportará con la vida y la muerte en función de la consciencia que él tiene de su universo. Y negociando con un universo fundado sobre un punto de vista inadecuado - lo que es el caso de la consciencia que él tiene ordinariamente de su ambiente y de sí mismo - obtendrá resultados inadecuados. Puede alcanzar un bienestar provisorio pero se sentirá siempre amenazado por su entorno y por la perspectiva de la muerte. Su contexto social lo condicionará en todo momento para actuar más o menos en ese sentido. Nosotros podemos observar aquí un círculo vicioso.

El concepto de la muerte en las culturas orientales y «primitivas»
Probablemente en todas las culturas, sobre toda esta tierra, el hombre teme a la muerte. Parece que el instinto de conservación desde la ameba hasta el hombre hace que un ser viviente trate con todas sus fuerzas de conservar su vida. Y allí, el temor puede funcionar como un mecanismo muy útil para la preservación de las especies. Sin embargo, parece que en los estudios interculturales es posible encontrar diferencias cualitativas en las actitudes de los hombres en relación con la muerte.

Malinovski establece que: «... para el hombre primitivo la muerte tiene principalmente el sentido de un pasaje hacia la resurrección. Ve la declinación como una etapa del renacimiento, la abundancia del otoño y el declinar del invierno como un preludio al despertar de la primavera.»

Esta es una visión poética de la muerte. pero tiene implicaciones psicológicas. En este contexto, es importante insistir sobre el hecho de que la antropología moderna, al estudiar los pueblos «primitivos», reconoce que la magia y la religión no son solamente una doctrina o una filosofía, ni simplemente un conjunto intelectual de opiniones, sino un modo especial de conducta, una actitud pragmática hecha a la vez de razón, de sentimiento y de voluntad. Es un sistema psicológico con sus modos de acción específicos y un fenómeno sociológico tanto como una manera experiencial de ser.

Una tal concepción de la muerte como un proceso universal de la naturaleza disminuye ciertamente el temor, facilitando su integración de la vida de todos los días. El temor en sí mismo es una herramienta útil de la naturaleza, advirtiendo a los seres vivientes de los diferentes peligros a los que pueden estar expuestos dentro de un cierto ambiente. El temor puede llegar a ser nocivo cuando tratamos de escapar de él rechazándolo en lugar de expresar esta emoción vital.

Al interior de las culturas orientales y «primitivas», el temor de la muerte es aceptado y aun utilizado para facilitar el crecimiento psicológico del individuo y del grupo. Entre los tibetanos, por ejemplo, sus actitudes hacia la muerte y la agonía están desprovistas del tabú general que encontramos en Occidente. Allá, se encuentra a la muerte con respeto y veneración. Y la existencia de la muerte llega a ser un estimulante para el desarrollo del hombre, Este crecimiento psicológico es subrayado durante toda la vida, y especialmente cuando la persona está moribunda. Un principio de base del sistema budista - que impregna la vida de los tibetanos - es el carácter transitorio y el cambio constante del universo entero. Allí, la existencia de la muerte es utilizada como un elemento psicológico indispensable para la consciencia del carácter transitorio de la vida, del cambio de todas las cosas y del valor precioso de este momento mismo del aquí y el ahora. En este sentido, la muerte no es vista como un enemigo que se debe combatir y evitar a toda costa, sino como un aspecto indispensable de la vida, En otras culturas orientales la actitud hacia la muerte es también de respeto y aceptación. Esto puede haber cambiado algo en China y Mongolia, donde una filosofía materialista y una industrialización intensa han predominado desde el advenimiento del marxismo en esos países. Mientras más avanza un país en una tecnología materialista - Europa, EE.UU., Canadá - más hay una tendencia a poner énfasis sobre el tabú de la muerte con sus consecuencias negativas.

En cambio, en ciertos países donde la industrialización y la tecnología no han llegado a su máximo- México, Venezuela, Brasil - el tabú de la muerte no es tan fuerte. En México, por ejemplo, hay un día especial de la muerte y toda la población toma parte en festividades muy interesantes, donde la muerte es reverenciada y se la representa en actos teatrales, pinturas, esculturas populares, y donde es celebrada con alegría -bailes y banquetes - en los cementerios, en noviembre de cada año.

La muerte como elemento terapéutico en las sociedades orientales y primitivas
En los diferentes países orientales y culturas primitivas, aprender a morir es un aspecto esencial del arte de vivir. Manuales como el «Libro Tibetano de los Muertos» y el de los egipcios son recopilaciones muy antiguas, instrucciones para guiar al individuo en su viaje después de la muerte, tanto como para preparar a la persona para su muerte biológica. Esta preparación para la muerte es, en efecto, una preparación para la vida, donde el individuo, liberado de sus temores y de sus angustias en relación con la existencia de la muerte, puede gozar de una existencia más satisfactoria y plena de sentido.

Entre las diferentes técnicas que se ocupan de la existencia de la muerte en esas culturas, deseo mencionar la experiencia de muerte/renacimiento del ego, la que parece ser la técnica más poderosa para prepararse a la muerte y al mismo tiempo enriquecer la vida. Allí, el individuo enfrenta el proceso de la muerte experimentando por rituales y/o técnicas meditativas la fase del fin de la vida con los diferentes síntomas susceptibles de ser vividos por quien esté biológicamente en trance de morir. En este proceso experiencial, la persona tendrá la posibilidad de encontrarse con sus propios temores conscientes o iinconscientes de la muerte y de la agonía y hará la experiencia en su cuerpo/espíritu de este proceso constantemente fluctuante de la transformación de su universo interior y exterior. Esta experiencia, además de ser una preparación para la muerte, puede aportar una iluminación espiritual.

Aplicación de la psicoterapia de la muerte en Occidente
Hasta hace muy poco, la esfera de la tanatología era casi «terra incognita» en Occidente. La preparación a la muerte y la agonía estaba casi por entero confiada a la religión, y la utilización de la muerte como elemento terapéutico para enriquecer la vida era desconocida.

Utilizando las técnicas de la terapia guestáltica, de la psicología budista tibetana, más una aproximación transpersonal, he desarrollado un sistema de educación terapéutica para tratar los diferentes problemas psicológicos relacionados con la muerte y los moribundos. He aplicado ese sistema durante los últimos siete años en Europa, EE. UU. (instituto Esalen de California), Canadá, México, Venezuela, Brasil y Australia. Utilizando una combinación de los elementos ya mencionados, he sistematizado un método para facilitar la experiencia de muerte/renacimiento del ego, el que es habitualmente enseñado en seminarios esencialmente vivenciales. Es muy importante crear un entorno de apoyo en el que la persona se sienta segura y cómoda. Como el tema de la muerte y de los moribundos es un tabú para la mayor parte de la gente, y siendo que a menudo el temor a la muerte es rechazado y mantenido en la sombra por numerosos mecanismos de defensa, este estado de seguridad y de bienestar psicológico y físico es un factor muy importante para ayudar a la persona a dejar emerger sus temores sobre la muerte y los moribundos.

En esos seminarios se dan a los participantes numerosos ejercicios de grupo e individuales para facilitar a cada uno la experiencia de estas realidades de la manera más adecuada, Allí, en un contexto psicoterapéutico se tratan problemas como el temor de la muerte física, del envejecimiento, de la pérdida de los seres queridos, de la pesadumbre y del suicidio. Además se enseña - especialmente en los talleres destinados a profesionales de la salud - cómo tratar a los moribundos.

Una de las experiencias más importantes de estos seminarios es la muerte y el renacimiento psicológico del ego. Las personas que emprenden este proceso no tienen todas las mismas experiencias. Algunas tienen muchas dificultades en pasar el umbral hacia la vivencia psicológica de la muerte. Ciertas personas llegan a un espacio sombrío o a un túnel, escuchan sonidos (descritos generalmente como tañidos de campanas). Otros pueden tener experiencias desagradables, ver lugares semejantes a las descripciones del purgatorio cristiano o de infiernos de diferentes cosmologías, antes de entrar en espacios más agradables y de ser finalmente capaces de hacer la experiencia de su propio renacimiento psicológico.

Ayudar a la muerte
El hombre teme a la muerte en Oriente tanto como en Occidente. Sin embargo, parece que psicológicamente podemos aprender y utilizar algunas de las técnicas desarrolladas y experimentadas durante siglos en otras civilizaciones,

Cuando separamos la muerte de la vida en nuestro modelo dualista de aprehensión de la «realidad», al mismo tiempo nos separamos nosotros mismos conceptualmente de otros seres humanos y del mundo. Cuando una persona produce esta sólida fantasía de que ella está aislada de toda otra cosa, ha perdido la noción de que ella es una parte de esta naturaleza y de este cosmos, y puede sentirse débil y a menudo amenazada, aun si su ego es aparentemente fuerte. Entonces esta persona ensayará controlar su entorno más y más. Esta manera de negociar con el mundo es producida por las fantasías - «el mundo es sólido y durable» - que controlan al individuo y lo llevan a reaccionar de esta manera determinada. En este contexto, ha perdido la percepción vivencial del flujo de la vida y de la muerte, de este cambio inevitable y necesario de todas las cosas.

En Suecia, Dinamarca y EE. UU. se han empezado a instalar clínicas para ayudar a los moribundos. Es un primer paso muy importante y satisfactorio para facilitar a los enfermos terminales una muerte digna, sin sufrimiento psicológico inútil. Sin embargo, esto no es suficiente para resolver los problemas causados por la forma en que el hombre moderno civilizado enfrenta a la muerte. Sería necesario que se ofreciera al personal médico una educación competente para abordar los problemas psicológicos creados por las maneras habituales de concebir y de evadir la muerte, integrándola en su formación profesional. Sería ideal también que, más adelante, se pudiera ofrecer al público nociones de tanatología, y que se pudieran introducir en los colegios como medida preventiva. Ellas serían capaces de ayudar al niño a guardar intacta su capacidad innata de hacer frente a la existencia y a la aceptación de la muerte como un aspecto natural de la vida.

Traducido y extractado por Carmen Bustos de
Question de Nº 71
Editions Ritz
París, 2008
Este artículo apareció en el Nº 15 de la Revista ALCIONE

viernes, 30 de agosto de 2013

GLOBALIZACIÓN ¿DE LA SOLUCIÓN A LA INCERTIDUMBRE?


Por: Álvaro Hernán Rincón Fresneda

INTRODUCCIÓN

Es muy sencillo hablar de globalización, sobre todo en una sociedad como la nuestra, caracterizada por la manipulación mediática, política, económica y hasta publicitaria. Pero ¿sabemos acaso lo que significa en sí esta palabra? ¿Sabemos las consecuencias, tanto positivas, como negativas, que trae consigo el proceso globalizador en sí mismo y su trascendencia, no solo en nuestra actual situación, sino ante todo, de cara a las futuras generaciones?

Son muchos los interrogantes que la Globalización puede abordar, no obstante, la diferencia radica notoriamente en como nosotros, desde nuestras distintas posiciones, oficios, modos de pensar y actuar, podemos y debemos abordar un fenómeno, que cada vez adquiere mayor relevancia, tanta, que ya hasta hablamos no de un mundo, sino de una “aldea global”.

Hoy en día, es imposible no hablar de Globalización, ya que definitivamente, todas las sociedades, se ven impulsadas a pertenecer, integrarse, fusionarse incluso, de lo contrario, corren, o el riesgo de desaparecer, o simplemente ser apartadas del “Mercado”, que es en lo que hemos convertido al mundo. No es que yo esté en la posición contraria, sino que, al tiempo que se reconoce que la Globalización nos permite trascender barreras y conectar al mundo como jamás se había imaginado, también es necesario resaltar las falencias de un sistema que si bien ha facilitado las cosas en algunos campos (comunicaciones, tecnología, conocimiento, etc.) por el otro ha condenado, sin quererlo o no, a otras sociedades, bien sea al olvido, o simplemente a la desaparición, por el simple hecho de no querer, o no poder, entrar en esa “aldea global” en la cual se ha ido convirtiendo el planeta.

 
GLOBALIZACIÓN Y TECNOLOGÍA.

Nombres, o más bien, marcas como Facebook, Twitter, MySpace, Instagram y hasta Google, eran desconocidas en la década pasada, pero actualmente, quien diga no conocerlas, es tildado de retrograda, atrasado, subdesarrollado, y otros tantos apelativos que en ocasiones rayan en la ofensa. Y es que hoy, quien diga no tener nada con ellas,  miente, desconoce su importancia, sobre todo en lo que refiere a las comunicaciones actuales, o simplemente el proceso “globalizador” aun no le ha atrapado. Sí, atrapado, porque ya ni siquiera podemos escoger si pertenecer o no, simple y llanamente, somos empujados a pertenecer así nomás.  Definitivamente hoy, la tecnología de las comunicaciones, reflejada a través de las redes sociales, es el instrumento más eficaz y veloz que el hombre haya conocido en la Historia, en lo referente, no solo a la interacción de unos con otros, sino también al conocimiento y apropiación de todo aquello que el mundo ofrece, desarrolla y  expone, sin importar su uso, intencionalidad y consecuencias. Nadie duda de las grandes ventajas y beneficios que aporta la tecnología a la sociedad contemporánea, pero no por ello, se debe pasar por alto el precio que se paga, no solo entre sociedades, sino también, entre las mismas personas (siempre se gana y/o se pierde, pero ¿quién gana y quién pierde realmente?) En este sentido: ¿Qué podría suceder con la privacidad, la seguridad y la confianza, si la sociedad y la persona misma, pueden llegar a ser expuestas de forma tal, que termine falseándose el concepto mismo de libertad?...  

GLOBALIZACIÓN Y CULTURA

Cada grupo humano con el paso del tiempo forma una cultura, integrada por un conjunto de "vivencias, pensamientos y sentimientos" invisibles que se concretan en "organizaciones, lenguas, tradiciones, celebraciones..." visibles.

Todo proceso globalizador, si ha de ser realmente incluyente, debe respetar no solo a las grandes culturas, sino también a aquellas que en el pasado fueron grandiosas y que hoy, por los avatares de la historia pasan desapercibidas, de lo contrario, se estaría condenando al hombre a ser un simpe espectador y consumidor que renuncia a sus raíces porque debe “adaptarse” (cultura, experiencias, saberes…), a una sociedad que cambia tan rápido como el segundero en un reloj. Hacen por hacer y ya, a eso se condenaría al hombre…[1]

Lo anterior no quiere decir directamente que la cultura de determinado lugar pueda perderse, pero si verse condicionada. Es por ello que cuando se habla de Globalización Cultural, no debe pasarse por alto que es ésta (la cultura) la que siempre debe primar y respetarse, independientemente del contexto en el que se desenvuelva, ya que es en últimas esta, la que definitivamente va a caracterizar, definir, resaltar, dar sentido al hombre, a su ser.

La Globalización Cultural no debe llevar a la supresión, al menosprecio, todo lo contrario, debe llevar a las sociedades, no solo a conocerse en profundidad, sino también a tener la capacidad de conocer y entender a las demás, a asumirlas y defenderlas, ya que  sería muy triste para el mundo, si una sola cultura, por pequeña que sea, se dejase absorber por completo por otras o se viera obligada a renunciar a sí misma para continuar…

Lastimosamente, lo que para algunos constituye un proceso de integración, ya sea por asimilación, desarrollo y acercamiento, para otros puede significar desestructuración y desintegración, fragmentación y exclusión, mutación de la identidad, transfiguración de la matriz originaria… Cultura que se respete, acepta a las demás, sin jamás querer estar por encima, ni mucho menos, por debajo de las mismas. Ahí está la clave.

LA GLOBALIZACIÓN Y EL HOMBRE

Finalmente, por encima de economías, culturas, sociedades, contextos, creencias y demás, es el Hombre, quien en últimas se beneficia o perjudica del proceso globalizador. Además, la persona, independientemente de su origen y meta, puede y debe, desde su vivencia, aportar elementos de juicio coherentes a la hora de enfrentarse a un mundo cada vez más interconectado y “unido”, es él quien tiene la última palabra al decidir hacia dónde dirigirse, si bien es consciente de que según el modelo globalizador, solo es posible ser “alguien” si se pertenece al sistema. Entonces ¿qué de aquellos que desean ser, sin depender de moldes y estructuras?

Puede sonar algo raro y hasta ilusorio lo que acabo de decir, pero no deja de ser cierto. Y es por eso que todos nosotros, si bien nos encontramos en una sociedad donde se busca que todo sea de, y para todos y para todos (al menos en teoría) podemos hacer la diferencia y hacer realidad la teoría. Esto no significa necesariamente ir contra la corriente, pero si por lo menos, hacer la diferencia. Se puede globalizar la economía, la ciencia, las comunicaciones, los mass-media y demás, pero nunca, se podrá globalizar la identidad de cada hombre, ni mucho menos, su esencia, su dignidad y su pensamiento. Y de eso el pasado y la historia reciente ya han dado fe y el futuro, me dará la razón.

PARA CONCLUIR

1. La Globalización en sí misma no es negativa, lo negativo es querer asumir todo, controlar todo, y dejar por fuera, a aquellos que no deseen ser parte de ella.

2. Vivimos ahora en un mundo donde todo es de todos y para todos, ojalá esto no sea una frase más carente de significado. Un sofisma.

3. Si en el proceso globalizador, la cultura y las raíces de las sociedades deben negociarse, ¿para qué insistir en la diversidad? ¿Pensar y actuar igual que el otro es la solución? Cada quién respóndase.

4. Cada uno de nosotros, decide donde quiere estar. Lo importante es decidir por nosotros mismos, antes que permitir que otros (empresas, sociedades, etc…) lo hagan.

5. Globalicemos primero los valores, la vida, la paz, el auténtico desarrollo, sin ello, lo demás se reduce a un mero ejercicio de intercambio que en la mayoría de casos termina siendo injusto, excluyente y nunca coherente.



 
[1] Disponible en: http://www.angelfire.com/rock3/globalizacion/globcultural.htm

sábado, 21 de enero de 2012

DIOS: ¿QUÉ NOCIÓN(ES) TENEMOS DE EL?


DIOS
Quizá esta es una de las interrogantes de mayor relevancia en la historia de la humanidad, el cual muchos han intentado responder o simplemente dejar de lado para evitar inconvenientes embarazosos y hasta personales que rayen incluso con sus propias concepciones espirituales, antropológicas, etc.
Es por ello, que desde mi posición de filósofo y teólogo, me atrevo a hacer lo siguiente, a fin de tratar de explicar en algo, el concepto de Dios, respetando el que cada persona crea o no en Él, y si hace parte de determinada confesión religiosa o no.
Tampoco se trata de imponer la propia concepción de Dios a nadie, esto, además de insensato, es intolerante, dado que definitivamente, es cada persona, desde su propia experiencia de vida, la que debe acercarse a la búsqueda y encuentro con lo Trascendente.

ADVERTENCIA: si bien lo dicho anteriormente da la idea de que pienso mostrar un determinado concepto de Dios, lo que en realidad se pretende mostrar es, a través de un mapa interrogante (Ver imagen) cada persona, a partir de las preguntas iniciales que aparecen en el mismo, forme su propia opinión, construya conocimiento y se acerque por sí misma al encuentro de Dios en su cotidianidad. 
Como cristiano-católico respeto tus creencias; lo que busco, es que tengas claro en qué crees, para qué crees y cómo desde allí puedes y debes contribuir en la construcción de una sociedad cada vez más coherente, digna y que cambie en bien de todos. 

Decidí no completar el mapa, a fin de que cada quien, desde su óptica, considere que aspectos del miso pueden resaltarse, ampliarse, corregirse, o suprimirse.


El trabajo está servido, adelante.