sábado, 24 de julio de 2010

LA SAGRADA ESCRITURA: DIOS, HOMBRE Y MUNDO


LA SAGRADA ESCRITURA: DIOS, HOMBRE Y MUNDO


1. INTRODUCCIÓN


Biblia, Palabra de Dios, Sagrada Escritura… sea cual sea el nombre que utilicemos, es innegable como este libro, o mejor aún, colección de libros, de carácter sagrado-inspirado, plasmados por manos humanas, recoge la experiencia de fe y de vida tanto del pueblo de Israel (Antiguo Testamento) como de los primeros cristianos (Nuevo Testamento) de tal forma que su mensaje alcanza al mundo entero, dando así a conocer la presencia, quehacer y voluntad de Dios en medio de la humanidad y sus diversas realidades.


Patrimonio, vínculo de fe y tradición común de dos grandes religiones y culturas, la Sagrada Escritura, ha penetrado las bases de diversas sociedades, no con el ánimo de minar o frenar la libertad del hombre, cuya historia y vida misma, son respetadas y resaltadas.


Pero más allá de todo esto y gracias hoy día a diversas áreas del conocimiento y las ciencias (Arqueología, Geografía, Antropología, Historia, Literatura, entre otras) es posible entender la Sagrada Escritura como lo que es: libros auténticamente inspirados, desarrollados en lapsos concretos de la historia y fieles a su contexto. (Siglos XIII aC. – II dC. Aprox.)


Sin más preámbulos, paso a tratar de forma breve y concisa, la importancia de la Sagrada Escritura para la fe cristiana, la Iglesia, el mundo y por qué no, para las ciencias, dedicando también un espacio importante a la Tradición, como parte integral e inseparable de la Sagrada Escritura y a la vez, aclarar dudas sobre su importancia, en ocasiones malinterpretada.


2. SAGRADA ESCRITURA Y FE


El Concilio Vaticano II, en la Constitución Dei Verbum dice: “La Sagrada Escritura nos comunica la palabra del mismo Dios…” 21 Esta sentencia, clara de por sí, unida a la fe de siglos, tanto de judíos como de cristianos, no puede ser desconocida, dado que si la fe, más allá del mismo hecho de creer, también implica una respuesta decidida y afectuosa, pero ante todo libre de parte del hombre, hacia aquel que da a conocerse por medio de las Escrituras.


Dicha fe, que a la vez fortalece la esperanza y da sentido a la caridad (amor) es la misma que constantemente invita a descubrir, detrás del misterio que encierra y los complejos conceptos teológicos, la voz de Dios, que continuamente habla y actúa, aunque el hombre en ocasiones, no desee reconocerlo.


3. LA SAGRADA ESCRITURA Y LA IGLESIA


Desde sus orígenes, la Iglesia se ha preocupado, no solo por venerar la Sagrada Escritura en la liturgia, sino que también, ha velado por su estudio adecuado, sin olvidar su papel fundamental en el anuncio del mensaje cristiano.


Sin embargo, no podemos olvidar que durante un gran periodo de la historia de la Iglesia (Edad Media principalmente), el uso de la Escritura estuvo limitado a los fieles, no porque fuese malo o estuviese prohibido, sino que dada la escasa formación de los mismos, se podía dar paso a que estos cayeran en una interpretación errada de determinado texto bíblico o del conjunto de la Escritura, arrastrando consigo a otros. Bien diría san Agustín: “Las herejías nacen de una buena intención interpretativa”. (También cf. Dz. 1429 - 1604)

Años después, el Concilio de Trento (1546 – 1563) en su afán de responder adecuadamente a la situación provocada por los postulados de Martín Lutero, que invitaban a una interpretación libre e individual de la Escritura, continuó en la misma línea precedente (reservada en su totalidad a los clérigos y teólogos), al tiempo que se preocupó por enfatizar con mayor vehemencia en un estudio más serio, coherente y práctico de la misma.


Con el Concilio Vaticano II, la Iglesia llegó a la conclusión de que era ya necesario y relevante formar a los fieles del común (los laicos) en el conocimiento de la Sagrada Escritura, con el fin de que la vida de fe del creyente no solo girase en torno a las prácticas devocionales (muy respetables, pero no suficientes), sino que además, al complementarse con la liturgia en la cual la fe se celebra, sea cada vez más plena, sensata y ante todo, testimonio de vida para con los demás.


Al respecto cita el Concilio:

“Es necesario que el acceso a la Sagrada Escritura esté de par en par abierto a los fieles. Por esta razón, ya desde los orígenes recibió la Iglesia como cuya la antiquísima versión del Antiguo Testamento… y mira siempre con honor otras versiones… ahora bien, como la Palabra de Dios ha de estar a mano para todos los tiempos, la Iglesia procura con maternal solicitud la composición de versiones adecuadas y bien hechas… se llevaren a cabo en esfuerzo mancomunado con los hermanos separados…” (DV. 21)


Así como el pueblo de Israel recorrió un largo camino, mientras recibía la revelación de Dios, que quedó definitivamente asentada por escrito en la Biblia, también la Iglesia ha ido recorriendo un largo camino, tratando de comprender mejor esta revelación. Aun así, seguirán aguardándonos muchos sentidos ocultos en este grandioso e inagotable libro de la Palabra de Dios (Ariel Álvarez Valdés. ¿La Biblia dice siempre la verdad? San Pablo. Argentina, 2002. Página 84)

4. IMPORTANCIA DE LA TRADICIÓN


Todo lo anterior, se complementa de forma segura y firme, cuando también se comprende la importancia de la TRADICION de la Iglesia, la cual no es un compendio de costumbres, modos, ritos, sino todo lo contrario; es ante todo, el mensaje escuchado por boca de Jesús, vivido, elaborado y transmitido por los apóstoles, y que necesariamente no se encuentra plasmado tajantemente en la Escritura. “Jesús hizo muchas otras cosas. Si se escribiera una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros” (Jn. 21, 25).


No se puede olvidar que incluso la misma Escritura hace referencia a la Tradición Oral como base de la fe de los creyentes, además, en ninguna parte de la misma (Biblia) está escrito que solo esta contiene la totalidad del mensaje revelado y por tanto, suficiente para la salvación.


“Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente” (Concilio Vaticano II, Const. Lumen Gentium, 9).


4.1. DEFINICIÓN


Derivada del verbo latino tradere, entregar) la palabra Tradición es usada para referirse a la transmisión histórica de doctrinas, instituciones, usos o costumbres (tradición en sentido activo), o también las mismas doctrinas o instituciones que han sido transmitidas (tradición en sentido pasivo). Esta, entendida en toda su amplitud, es un hecho humano universal, por cuanto está ligado a algunas de las características fundamentales del hombre: su sociabilidad, su historicidad, su formación, su espiritualidad, etc. Desde aquí, la tradición puede también definirse como el transmitirse, en virtud del cual el pasado revierte sobre el presente vivificándolo y siendo continuado por él, con miras al futuro.


Tomado de: Ministerio de Apologética “SOBRE ESTA ROCA” Costa Rica.
En términos bíblicos, la palabra griega para definir "Tradición" es "Parádosis" y aparece en los siguientes textos:


"Os alabo porque en todas las cosas os acordáis de mí y conserváis las Tradiciones (Parádosis) tal como os las he transmitido." (1 Co. 11,12)


Como podemos ver, San Pablo está alabando a la comunidad de Corintios no por guardar el Evangelio, sino por guardar las "Tradiciones", lo cual se clarifica al saber que los Evangelios en esa época aun no circulaban en las comunidades cristianas y el conocimiento de Jesús se comunicaba oralmente, o sea en forma de Tradición.


Otro ejemplo, lo encontramos aquí: "Y lo que has oído de mí, entre muchos testigos, esto engargolo a los hombres fieles que sean idóneos para enseñar a otros". (2 Tim. 2, 2) y "porque yo recibí del Señor lo que les he transmitido", (1Co. 11, 23) esto hablando de la Eucaristía, así pues el Señor mismo le entrega a Pablo la Tradición, pues Pablo no habla aquí de ningún libro escrito, sino de palabra escuchada.


Basta ver la actitud de Pablo, quien para animar en la fe a los primeros cristianos, no se remonta exclusivamente a la Palabra escrita, sino que también, recuerda y resalta el papel de la Tradición o predicación oral, cuyo contenido es desde el principio, también valorado y comprendido como proveniente de Dios: “Todo lo que han aprendido, recibido y oído de mí, todo lo que me han visto hacer, háganlo” (Flp. 4, 9). Y por si hay dudas:


“Hermanos, manténganse firmes y conserven las tradiciones que han aprendido de nosotros de viva voz o por escrito” (2Tes. 2, 15).


En este sentido, Pablo es claro. La Palabra de Dios no solo se limita a lo escrito, también está presente y viva a lo largo de los tiempos, digna de respeto e instrumento de evangelización y defensa de la fe.


Dice Ireneo de Lyon: “En todas las Iglesias del mundo, se conserva viva la Tradición de los apóstoles… la Tradición de esta sede (Roma) basta para confundir la soberbia de aquellos que por su malicia se han apartado de la Verdad…” (Contra los Herejes 3, 2, 1: PG 844)


4.2. JESÚS Y LA TRADICIÓN

Si bien es cierto que Jesús condenó y rechazó el tradicionalismo literal y descorazonado de algunos de sus contemporáneos (cf. Mc. 7, 1 – 13) por estar alejados de Dios, no por ello, la Tradición Apostólica se asemeja a aquello que el Señor descartó por falsear la Ley de Dios y acomodarla a antojo de cada quien, dado que aquello que transmitieron los apóstoles y la Iglesia a lo largo de la historia, está en perfecta sintonía con lo revelado en la Escritura, para nada la contradice y es más, antes de que se pusiera por escrito el Nuevo Testamento y se estructurara definitivamente la Sagrada Escritura: ¿Cómo se transmitía el mensaje del evangelio? ¿Cómo se regulaba la vida y la fe de los cristianos en sus inicios cuando aún la Biblia no estaba definida? ¿O cómo Pablo dio a conocer el mensaje si no lo recibió por escrito (cf. 1Co. 15, 3)?


5. LA ESCRITURA Y EL DIÁLOGO ECUMÉNICO


“Es más lo que nos une que lo que nos separa”, diría Juan XXIII, al resaltar los aspectos que unen en esencia a toda la Cristiandad, entre ellos, la Escritura, única para todos, no obstante las diferencias ya conocidas (que si los deuterocanónicos, que cómo se interpreta, etc.).
Las diferencias siempre han existido, incluso antes del año 1054, cuando se dio la separación entre la Iglesia de Occidente y Oriente, y posteriormente en el siglo XVI, con la aparición de Lutero, quien marcó un hito, nada positivo eso sí, al dar a entender que “cada cual interprete a su modo la Escritura”, sin imaginar lo que estas palabras desencadenarían con el paso de los años (sectarismo) y que hoy, representa un obstáculo considerable para el diálogo ecuménico. En pocas palabras, de nada servirían los diálogos, las traducciones ecuménicas de la Escritura y demás iniciativas si se sigue en las mismas: que si la Tradición es válida, que si la procedencia del Espíritu Santo, que si el ministerio del Papa, y así otras tantas.
En este punto, vale la pena recordar aquel fragmento de la oración del Señor, premisa para todos los creyentes y testimonio para los demás:


“Que todos sean uno. Como tú Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn. 17, 21)


Dice la Iglesia en el Concilio Vaticano II:
“Promover la restauración de la unidad entre todos los cristianos es uno de los principales propósitos del Concilio... porque una sola es la Iglesia por Cristo Señor; muchas son sin embargo, las Comuniones cristianas que a sí mismas se presentan ante los hombres como la verdadera herencia de Jesucristo; todos se confiesan discípulos del Señor, pero sienten de modo distinto y siguen caminos diferentes, como si Cristo mismo estuviera dividido (1 Co. 1, 13) esta división contradice abiertamente a la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña a la causa santísima de la predicación del Evangelio a todos los hombres” (Concilio Vaticano II, Decreto Unitatis Redintegratio, 1)


Por fortuna, es más lo que nos une, empezando por la Escritura, que nos habla a todos, invitándonos a lo mismo: la Unidad.

6. LA ESCRITURA Y EL MUNDO


En un mundo donde cada vez prima lo particular sin importar lo general, donde lo sagrado ha pasado a un segundo plano y solo es utilizado para quedar bien, para determinados eventos o parecer más buenos frente a los demás, es de vital importancia redescubrir el papel que desarrolló y desarrolla hoy la Sagrada Escritura, ya que sirve como punto de partida y referencia a la hora de enfatizar en valores y paradigmas que contribuyan significativamente a reconstruir un mundo, no solo más alejado de la fe, sino que también, ya es capaz de matarse a sí mismo, sin tener en cuenta las consecuencias que dicha actitud genera.


Actualmente es común culpar a otros del por qué la gente ha dejado de valorar y respetar la Escritura, reduciendo a casi nada su inmensa riqueza no solo espiritual, sino también cultural, histórica y axiológica; nos es difícil ver que nosotros también tenemos parte en este problema, ya que nos da pena hablar de la Escritura, conocer más de ella, promoverla y darla a conocer, olvidando nuestra responsabilidad frente a ella; le dejamos la labor a otros.


Tomando en cuenta lo anterior, es importante entonces afrontar de forma decidida la responsabilidad que se tiene como cristianos, de no limitar la vida de fe a las celebraciones litúrgicas, los grupos de oración, o peor aún, a tener la Escritura en el hogar como un mero objeto de decoración, el cual solo se toca cuando se busca un Salmo o lo más triste, para limpiarle el polvo acumulado.


La Escritura no es un Diccionario, ni mucho menos un recetario de cocina, al cual solo se recurre para resolver dudas, buscar una frase, refutar a secas o hacer una tarea escolar.


No se puede seguir reduciendo la Escritura ni su papel en la vida del cristiano, ya que si se calla la voz de Dios, plasmada durante siglos, ¿qué seguirá después? Es una labor difícil, conjunta y decidida, que demanda tiempo, entrega y apertura, depende de todos llevarla a cabo “Ay de mí si no anuncio el Evangelio” (1 Co. 9, 16).


7. LA SAGRADA ESCRITURA Y LA CIENCIA


Eterna rivalidad y a la vez perfecto complemento, paradójico, pero también cierto. Fe y Razón. Durante años, se nos ha enseñado que ambos aspectos se encuentran en continua disputa y todo, con el único objetivo de dar respuesta a los interrogantes más relevantes de la existencia del Hombre y del Universo mismo. Prueba de ello ha sido el trabajo de Galileo, Copérnico entre otros; hombres que sin negar su fe cristiana, han aportado de forma inconmensurable al conocimiento y al desarrollo del ser humano, sin que por ello su fe y/o lo reseñado en la Sagrada Escritura se viese de algún modo, comprometido.

Además, no es posible, ni tiene sentido cerrar los ojos ante el gran aporte de las ciencias al estudio e interpretación de la Escritura, tales como la Arqueología, la Geografía, la Antropología, la Astronomía e incluso, la misma Filosofía, ya que si la Biblia es revelada, no por ello, carece de “toque humano”.


Considero que la ciencia, no está en contra de la Escritura, por el contrario ¿El fin de ambas acaso no es el mismo?


“El científico y el teólogo viven ambos al borde del misterio y ambos están rodeados por el misterio” (R. Oppenheimer)


8. UN BREVE APUNTE


Dedico un breve espacio (más no insuficiente) para hacer hincapié en la autenticidad de la Sagrada Escritura como libro revelado plenamente por Dios, plasmado por mano y mente humana, como medio de conocimiento del mismo Dios y su actuar en el mundo y la historia, dándole sentido y transformándolos de un modo constante y pleno, de ahí que no es tan descabellado citar el título de un reconocido libro “Dios está en el Cerebro”. Es por esto que no cualquier persona, a no ser que se encuentre debidamente formada se debe tomar la atribución de interpretar la Sagrada Escritura, ya que de no ser así, no hay garantía alguna que sustente la autenticidad de sus palabras y actos.

La Sagrada Escritura nunca dejará de sorprender al hombre, ya que a pesar de haber sido redactada hace tanto tiempo, Dios, por medio de ella sigue hablando al mundo de hoy y es por eso necesario interpretarla correctamente para que el mensaje, el anuncio de la Buena Nueva sea coherente y no decepcionante.


Bien diría el entonces cardenal Ratzinger, hoy papa Benedicto XVI: “El estudio de la Biblia nunca estará completamente concluido: cada época tendrá que buscar nuevamente, a su modo, la comprensión de los Libros Sagrados”. Prefacio al Documento de la Pontificia Comisión Bíblica La interpretación de la Biblia en la Iglesia. Abril 15 de 1993.

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